Por Qué Los Silencios Hablan En Berlín

Por Qué Los Silencios Hablan En Berlín

Un manto de silencio envuelve Berlín, como si el pasado la hubiese dejado muda. La historia y las cicatrices de la guerra, el holocausto y el comunismo se respiran en cada rincón y se cuelan por los poros, inundando el cuerpo de sensaciones contradictorias, pero imposibles de evadir.

Empecé el recorrido en Checkpoint Charlie, el punto neurálgico en el se enfrentaron la Berlín comunista y la Berlín occidental. El punto de control es hoy un símbolo para la foto, una casilla blanca que imita a aquella auténtica, custodiada por soldados ficticios. La zona, que parece inmersa en una perpetua reconstrucción, es una laguna de fetiches tejidos con lo mejor y lo peor de la historia del siglo XX. Frente al museo Haus am Checkpoint Charlie, que se extiende a un costado de la calle, un local de souvenirs vende pedacitos de historia prèt à porter: llaveros, adornos y postales con pequeños resabios de muro envueltos en cofres de plástico. La atmósfera altera los sentidos, acaso los despierta, tornando cada espacio en un símbolo, como aquel Mc Donald’s que se impone al cruzar al calle, testimonio irónico y soberbio del sistema truinfante.
Sigo mi recorrido hacia la Topografía del Terror, una muestra emplazada sobre las ruinas de la SS y la Gestapo, el servicio secreto más temido de la historia. La zona es un espacio amplio y vacío, tan silencioso que rezuma agonía. Es verano, pero de a ratos el cielo se carga de espontáneas nubes de plomo y el aire se torna muy denso. El silencio es tan fuerte que se siente hasta en la gente, en el sigiloso y ordenado paso de los pocos berlineses que se ven por la calle. Como una cicatriz clavada en el medio de la nada, detrás de la muestra se extiende un pedazo de muro.

Lo imaginaba varias veces más grande, quizá por el colosal peso simbólico que le otorgó la historia durante tantos años. Agrietado, desgastado y quebradizo, el muro aparece insignificante si se lo compara con cualquiera de los edificios que lo miran desde lo alto. Precisamente a ello se deben los recurrentes vacíos: a partir de los intentos de escape de gente que saltaba desde los edificios, con el auxilio de colchones, el gobierno de la República Democrática alemana ordenó demoler todos los edificios que rodeaban el muro.

En realidad, no había un muro sino dos, separados por un espacio denominado “la calle de la muerte” sembrado de minas, rodeado de perros de ataque y cercado por armas que garantizaban la muerte segura de quien intentara cruzar. Curiosamente, se habla de “cuatro generaciones” del muro, ya que mientras al inicio se trataba sencillamente de alambre de púa, la sofisticación de la opresión encontró nuevas formas e instaló un tubo de cemento en el extremo, que no permite aferrarse ni alcanzarlo.

Continuando el camino por Friedrickstrasse -una de las arterias de la Berlín comunista, que une el famoso Checkpoint Charlie con el boulevard Unter den Linden- me topé con un enorme espacio gris. No había ningún cartel que indicara de qué se trataba, pero la elocuencia de las formas y, una vez más, de los vacíos, era un evidente llamado a la memoria. 2711 bloques de cemento de distintas alturas, dispuestos simétricamente e inclinados aleatoriamente, se elevaban desdelos márgenes de la plazoleta hacia el centro, creando una suerte de pasillos entre ellos. Su creador, el arquitecto polaco Peter Eisenmann, decidió dejar el significado libre a la interpretación, activando una semiosis infinita (o bien, evidenciándola) que representa el componente más rico del memorial.

Mirándolo desde afuera, podría simbolizar un regimiento de soldados en marcha, o un grupo de personas encaminándose a un campo de concentración; quizá por su forma rígida y gris, evoca también la imagen de un cementerio lleno de lápidas. Pero los significados cobran la forma de sensaciones una vez que se atraviesan sus pasillos y, a medida que me voy acercando al centro, se tornan casi insoportables. El suelo comienza a hundirse y los bloques ascienden en altura, mientras las luces comienzan a jugar con las sombras y las voces resuenan en un sordo eco. Como tirado por el viento, un estado perturbador comienza a extenderse en la atmosfera, una sensación de encierro controlado y progresivo, quizá lo más cercano que exista a un laberinto sin salida. No hay ningun punto en el que uno pueda pararse sin ser visto, ni hay ningùn espacio diferenciado que pueda tornarse punto de referencia. Entrar me parece introducirme en un encierro absoluto, en el que el camino poco a poco se ciñe y las libertades comienzan a asfixiarse.

Es interesante ver cómo el Estado alemán aborda su pasado, a través de un juego entre palabra, vacio y espacio. Las eternas cicatrices que dejaron en la ciudad las guerras, el nazismo, el muro y el comunismo se tornan disyuntivas entre la memoria y la condena del pasado. En Bebel Platz, frente a la Universidad de Humboldt, una de las más importantes de Europa, se encuentra el memorial a una de las quemas de libros más importantes de la historia. Hoy, casi imperceptible sobre el suelo de la plaza, se recuesta una ventana de vidrio que se asoma sobre una biblioteca vacìa. Está nublado y debo agacharme un poco para lograr vencer el reflejo, pero pueden distinguirse en lo profundo hileras de estantes blancos, todos vacíos.

No sólo la Berlín Este cuenta su historia a través del silencio. El corazón de la franja occidental pasea por la calle Kurfurstendamm, que podría ser también Champs Elysées u Oxford Street, con sus amplias veredas, verdes boulevards y sus exlusivos locales comerciales. Sin embargo, al llegar al extremo de la avenida, una cicatriz despunta hacia el cielo como el filo de una espada. La iglesia Kaiser-Wilhelm-Gedächtnis-Kirche te parte el alma, te ata nudo en el estómago que aprieta fuerte y no se deja soltar. Es la imagen de la guerra en primera persona, la destrucción, las grietas, y un intento de reconstrucción que concilia la memoria con la restitución de un lugar sacro. Al lado de la iglesia descansa el memorial, un espacio de paredes de vitraux azules donde se celebran las misas. Si por fuera el octágono parece no emitir mensaje alguno, la avalancha de sensaciones te abraza al ingresar. Azul oscuro, brillante, frío pero a la vez límpido, como el agua que limpia una herida.
Pero si el silencio es constitutivo del espacio en tanto resultado de un vacío físico y existencial, el espacio se torna voz y melodía allí donde las paredes permiten expresar lo que la represión ordena callar. Las calles de Berlín son silenciosas, pero las paredes -empezando por el emblemàtico muro– hablan con un lenguaje propio, urdido por la creatividad y la mirada incontrastable de aquellos jovenes que crecieron de este lado del muro.

Leave a Reply

Your email address will not be published.