Me decidí, me mudé a El Cairo: primeros 5 días en la ciudad del sol

Me decidí, me mudé a El Cairo: primeros 5 días en la ciudad del sol

Día 1

Me despierto a la madrugada con el Edén (la llamada a la plegaria), que en esta zona de la ciudad no es tan sugestivo como en otras zonas de El Cairo. Se parece más bien a un grito desentonado de angustia, una especie de eco convaleciente que replica el lamento de una nación que no se deja sojuzgar. Me levanto tarde, con fuerte dolor de cabeza y aturdida. Me hago una y otra vez la misma pregunta: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? He dejado atrás para empezar de nuevo. Es una sensación de inmensa libertad, pero también un precipicio que da miedo.

Voy a la cocina y la mamá de Nesma, que prepara el almuerzo vestida con su largo camisón, me dice con toda la naturalidad del mundo: “llamame Moma”. Y ya está. Es suficiente para hacerme sentir en casa y empezar el día con una sonrisa. Es una ternura de mujer, de sonrisa enorme y casi tan bajita como yo, que intercambia su inglés desgastado con mi árabe incipiente, y no paramos de reír.

Día 2

Ayer empecé a buscar departamento con la ayuda de Nesma, que me acompaña desde 6 de Octubre (una ciudad anexa a la capital) hasta El Cairo para hablar con los propietarios. No me dejan sola en su casa, si no es Nesma me acompaña siempre su hermano, lo cual es un poco extraño para una persona que está acostumbrada a moverse independientemente por donde sea. Pero volver a El Cairo después de cinco meses fue de nuevo un shock y, en principio, la compañía reconforta. No es que aquí la mujer esté en una condición inferior, sino que la familia –así como el hombre- la cuida y la protege en su fragilidad y delicadeza (hay una especie de desconfianza en el género masculino en general, como si fuera un peligro para una mujer joven soltera).

Mientras viajamos con Nesma en el microbús hacia El Cairo, a través de una larga autopista rodeada por momentos de meseta y por momentos de palmeras, una imagen me sorprende y para mi pulso por un instante. Hacia la derecha, del otro lado de la ventanilla, se extiende un campo verde de pastizales altos y frondosos escindidos por zanjas punzantes, en los que resalta cada tanto el turbante colorido de alguna campesina que recoge los cultivos a mano.  Por detrás, a lo lejos, delineadas por un halo brillante de polvo desértico, estóicas, imponentes; las pirámides. Con la boca literalmente abierta, empiezo a señalarlas casi con susto a Nesma, mientras un hombre de galabiya y turbante blanco sentado junto a la ventana, me mira riendo. Son esas imágenes de las que uno no se olvida.

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Día 3

Sigo buscando departamento, y decidimos encontrarnos en un café con un conocido alemán y una italiana que viajó conmigo en el avión para unir esfuerzos y encontrar casa juntos. Nesma, con sus dotes impecables de negociante árabe, nos ayuda a hablar con los propietarios, ya que a los extranjeros nos cobran más por los departamentos. También nos ayuda a negociar que el departamento sea mixto, ya que en un país musulmán como Egipto, no se concibe –ni se permite- que una mujer soltera viva con hombres excepto su marido, y viceversa.

Mientras estamos sentados en el café, distraídos con nuestros celulares y la computadora, desaparece de repente mi cartera, con todo dentro. Si mi vida entera está dentro de mi valija, pues bien, mi entero patrimonio estaba en esa cartera: pasaportes, documentos, tarjetas, y demás papeles que mi corta inteligencia me impidió guardar en otro lado. Por alguna razón, no entré en pánico (quizá porque era un lujo que no me podía dar), y fui con Nesma a hacer la denuncia a la Policía.

Buena lección para  mí, que estaba convencida de que no había criminalidad en Egipto. Buena lección, y en doble sentido: horas más tarde, ya en la casa de Nesma, me llama por teléfono un hombre hablando árabe, y me dice en inglés “encontré tu cartera, tengo tus cosas”. Tenía tantas preguntas en mi cabeza en ese momento que me quedé inmóvil y no supe qué responderle. Resulta que el hombre se había tomado el trabajo de buscar entre mis cosas, el paquete de la tarjeta SIM que había apenas comprado para mi celular. De ahí obtuvo mi número de teléfono, y me llamó para devolverme todo. TODO. Excepto el dinero que llevaba, que seguramente se quedó el ladroncito que se la llevó. Eran las dos de la madrugada, y un amigo se ofreció a buscarla directamente en la casa de éste señor, que no pidió absolutamente nada a cambio. Valga la lección, valga como botón de muestra de una sociedad que, como en toda ciudad grande y pobre, no carece de delincuencia, pero que redunda en gestos de honestidad y solidaridad. Y de nuevo, estoy feliz de estar en El Cairo.

Día 4

Nesma ríe cada vez que me ve guardar el pijama bajo la almohada después de dormir. Intenté explicarle porqué lo hacemos, pero ella lo encuentra simplemente irrisorio. Hasta en esos ínfimos detalles somos distintas, en la forma en que hacemos cada cosa, y es justamente a través de esos detalles que veo las suposiciones más incuestionables del “sentido común” caer como un castillo de naipes. 

Mientras seguimos visitando casas, me llama poderosamente la atención un detalle: extrañamente todas tienen dos salas de estar, con dos juegos diferentes de living. Algunos parecen dignos de sultanes, con mucho dorado, rococó y parafernalia.  Y es la parte más cuidada de la casa: la más limpia y la más decorada. Nos preguntamos para qué necesitarán de 8 o 10 grandes sillones, y se me ocurre que tiene algo que ver con las costumbres de socialización: mientras el hombre disfruta de su tiempo libre sentado en un café fumando shisha, su mujer se queda en casa, su reino absoluto, en el cual recibe a sus amigas para conversar y comer dulces.

Día 5

Anoche Momma preparó una cena de reyes, con pescado frito, camarones fritos, verduras, arroz con picantes, pan y Tahina, una de mis comidas preferidas egipcias. No importa cuánto coma, ella insiste en que no es suficiente, que tengo que comer más. No para de reír desde que le dije cuánto peso, a veces lo recuerda de la nada y repite en voz alta “hamsin kilo”, soltando una carcajada. Parece que ésta vez tantas especias y el agua de la canilla me hicieron mal, y tal como en el verano, me despierto con una fuerte intoxicación. Prácticamente no puedo moverme, y decidimos con Nesma ir al médico, que me receta una serie interminable de medicamentos para el estómago. Así es como extiendo mi estadía con esta familia tan hermosa, que no para de tratarme como a una hija más.

Y es así El Cairo. Pega fuerte en el estómago, pega en sus imágenes punzantes y en la mirada de aquellos hombres cuyos ojos hablan por sí solos. Es como una fuerza centrípeta que atrae con fuerza y absorbe tanta energía que a veces consume. Lleva su tiempo adaptarse, no es fácil abstraerse de su ritmo lánguido y a la vez delirante. Son muchos los estímulos e infinitas las cosas para aprender. Y otra vez, estoy feliz de asumir el desafío.

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